Sábado día 3, Villanúa

Este último fin de semana del 3 y 4 de junio he estado en una travesía por el Pirineo. Junto con otros diez adolescentes de entre 14 y 18 años logramos llegar al Refugio López Huici en Canfranc Pueblo y al Collado de Tortiellas.
La mañana del sábado nos pusimos en marcha después de repartir todos los utensilios y comidas necesarias para el viaje, facilitados por Aragón Aventura. Con las mochilas más grandes que había visto en mi vida, empezamos a andar. Nunca he llevado una mochila de travesía y estaba algo aterrada por todo el peso que debería subir unos 2000 metros de desnivel. Sin embargo, cuando ya llevábamos algo más de una hora, toda la duda y la incertidumbre se desvanecieron mientras conversaba alegremente con el grupo.

Tutti quanti, de izquierda a derecha Oana (Guía en prácticas), Inés, Rosa, Elsa, Lydia, Marta Alejandre (Guía), Diego, Saúl, Marcos, Diego, Giovanni, Astrid y Mara

Para ser sincera, no esperaba encontrarme con un camino tan bonito. Según Marta, nuestra guía, esa ruta tan sólo es transitada por locales por lo que estaba plegada de flora, tanto que parecía una transición a un mundo más salvaje. A pesar de su preciosidad, hubo un tramo que a casi todos se nos hizo duro, una cuesta que en el mapa cortaba muchos niveles de altitud casi en perpendicular. Poco a poco, lo superamos, aunque las paradas que hicimos no fueron pocas.
Cuando salimos del entramado de árboles, acebo y boj, nos encontramos en una zona más transitable. Con unas vistas hermosísimas a la Collarada comimos unos bocadillos bien merecidos. Una vez terminamos de echar la siesta y hacernos fotos con la bandera de Adeban, continuamos por una pista hasta nuestro destino, el refugio. Ese tramo de hizo muy corto para todos ya que nos pudimos entretener con las vistas a las montañas y la promesa de descansar.
Recuerdo que al ver el refugio (López Huici) en la distancia, pensé que era una casita preciosa; con su techo rojo y paredes blancas era digna de un cuento narrado en los Alpes. Tras una buena merienda delante del refugio y una charla con los espeleólogos a los que se les habían cedido ese refugio en particular nos decidimos a dar un paseo por los alrededores (tan sólo eran las seis de la tarde, y no había mucho más que hacer).
En ese paseo, aprendí varias palabras y pequeñas frases en italiano gracias a mi amigo Giovanni y la guía en prácticas, Oana David (TD 1 de emdia montaña), nos explicó la razón por la que habla unos cuatro idiomas.
A la vuelta tuvimos la suerte de cenar unos «Yatecomo» preparados con los hornillos que habíamos porteado hasta el lugar. También probamos unas tortillas de patata que Marta trajo, pero éstas no resultaron estar a la altura de nuestras expectativas (sabían raro, básicamente). Además, hubo un pequeño incidente con Diego al que se le cayó el hornillo al suelo y se quemó un poco la hierba, pero sin consecuencias mayores, menos mal.
En cuanto a lo que dormir se refiere, comentaré que a las 11 de la noche, nada menos, debimos ir corriendo al refugio desde donde nos habíamos situado para descansar a la luz de las estrellas. Una fuerte tormenta nos sorprendió en  plena oscuridad. Fue una carrera frenética en la que incluso se nos llegó a olvidar algún objeto esencial, como el saco de dormir o las botas. Sin embargo, el hecho de dormir en una cama de verdad me reconfortó ante estos eventos.
A la mañana siguiente, dimos cuenta de un gran desayuno a base de galletas y leche caliente y gracias a poder dejar la mitad de nuestros bultos en el refugio nos en caminos hacia los Mallos de los lecherines, queriendo llegar al Pico de Tortiellas.
El camino, a pesar de ser verdaderamente entretenido y apasionante, fue duro. Sobre todo, porque no había camino. Nos adentramos en rocas puntiagudas entre escalando y caminando, pasando peligrosamente cerca de grietas los suficientemente anchas y profundas como para que cualquiera de nosotros cupiera. Incluso con el peligro latente que yo sentía, pudimos maravillarnos ante las vistas de varias manadas de sarrios correteando por las laderas cercanas, subiendo y bajando rocas con la facilidad con la que uno respira.
Con este bello paisaje delante nuestro, no tuvimos problemas mayores hasta subir a un collado cercano a la cima. Entonces llegó el dilema, pues estábamos a la altura del pico pero para llegar hasta la cima debíamos bajar y subir unos cuantos cientos de metros de desnivel. Con esto en cuenta, decidimos que lo mejor sería tomar un tentempié en la localización actual y después regresar al refugio, y eso hicimos.
He de decir que tuve bastantes más retos a la hora de descender que a la ida, pues me caí no menos de tres o cuatro veces. Las piedras resbalaban como la mantequilla contra mis botas y estar distraída con mis pensamientos tampoco ayudó a mi equilibrio. Afortunadamente no llegué a herirme y todos llegamos sanos y salvos a nuestro punto de partida de aquella mañana.
Comimos abundantemente unos bocadillos y nos relajamos hasta más o menos las tres de la tarde. Preparamos nuestras mochilas y comenzamos un descenso precioso por la GR, serpenteando entre colinas y bosques a buen paso. Fue agradable mirar hacia atrás y darme cuenta de todo lo que había recorrido tan solo ese día, pero no esperaba tardar tanto en llegar a Canfranc como resultó ser la cruda realidad.
Las últimas dos horas me parecieron un suplicio, a decir verdad. No sólo nos desviamos del camino y tu mis que retroceder un tramo, sino que el camino parecía no terminar nunca. Todas las señales que nos encontrábamos indicaban que quedaba el mismo tiempo por mucho que camináramos y no fui capaz de estimar cuánto tiempo debería seguir andando a causa de los árboles bloqueando mi vista. Las plantas de los pies me dolían a más no poder y mis espinillas también se quejaban. Por muchas paradas que hicimos me sentía impotente al no tener la certeza de que aquello terminaría algún día.

El grupo unido contento garantiza el que no será la última salida

Pero por fortuna terminó. Comencé a reconocer elementos del paisaje y para cuando quise darme cuenta ya estábamos abajo. Tras una despedida efusiva llegamos a mi casa y pude dar el viaje por terminado.
Mi experiencia general fue muy satisfactoria ya que en la mayor parte del camino  tuve fuerzas, y vi cosas maravillosas. Incluso con sus desventajas, esta travesía con montañeras adeban ha sido irremplazable y gustosa repetiría.

DATOS:

  • Desnivel acumulado:

Sábado, salida desde Villanúa:+1.200 m

Domingo, llegada a Canfreanc Pueblo: +500m/ Desnivel negativo total 1.500 m

  • Participación: 11 chavales , 6 chicas y 5 chicos de entre 14 a 18 años
  • Guía , Marta Alejandre
  • Técnica de media montaña en prácticas, Oana David
  • GooglePhotos.

 

Astrid Sahagún, adebana y participante del I Minicampamento  en el programa Montañismo y Ecología SocialMontañeras Adebán

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